Argentina y el desafió de ingresar al siglo del conocimiento.

Ricardo Osvaldo Rufino.

 Mucho se habla de la importancia que tiene para nuestro país –y para cualquier otra nación- expandir la educación, la ciencia y la tecnología.

Repasando un libro encuentro este testimonio ilustrativo y excelente. Dice así:

“La Argentina, a principios del siglo XX, fue el país con la tasa de crecimiento más alta del mundo, que es la causa por la que atrajo a tantos inmigrantes. Pero después la tendencia cambió, y creo que el factor relevante fue que no supimos darle al conocimiento el mismo valor que tuvo para las sociedades que lo promovieron y lograron tomar la delantera. No creo que un país cometa errores durante 60 años a propósito, creo que lo que nos ocurrió es que no comprendimos la importancia de este fenómeno.

Siempre doy como ejemplo de crecimiento a Finlandia, un país joven que se independiza recién en 1918, que tuvo que soportar condiciones durísimas durante la guerra y posguerra y que, cuando decide su estrategia de desarrollo, lo hace apostando a la alta tecnología. El ejemplo de Nokia está a la vista (su facturación actual equivale exactamente a cinco veces el producto bruto anual de Bolivia y más del doble del producto bruto anual de Ecuador). Hoy la nación europea exhibe un producto per cápita y un índice de desarrollo humano de los más altos del mundo. Creo que nosotros también estamos aprendiendo y que en ese proceso juegan un papel fundamental los medios de comunicación, que transmiten estas ideas al conjunto social, y sin duda también los organismos involucrados que deben tomar decisiones en el sentido correcto”.

(Conrado Varotto, Doctor en Física, Director Ejecutivo de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales –CONAE-).

Clarito y concreto, ¿no es cierto? Este hombre es un notable científico italiano, llegó de muy pequeño al país y es un enamorado de la creatividad de los jóvenes argentinos. Lo ha dicho en un reportaje público.

Se desempeña en el INVAP, en Bariloche, donde crearon y produjeron el reactor nuclear que fue vendido a Australia, ganando una licitación internacional.

Pino Solanas, en su libro, expresa que cuando se produjo dicho acontecimiento

“los argentinos lo deberíamos haber festejado como festejamos un título en un campeonato Mundial de fútbol”.

Es así. Debemos apostar fuertemente por la educación, la ciencia y la tecnología. Pilares de un mundo que camina irreversiblemente hacia el desarrollo y en el cual el conocimiento es  prioritario para avanzar por los pliegues del progreso. Expansión de la educación, mayor cantidad de investigadores en nuestras universidades, más científicos y técnicos que en sus tareas cotidianas sientan el apoyo estatal, mayor nivel en la informativización de los procesos productivos, búsqueda constante de la excelencia.

Argentina tiene hoy por delante un tremendo terreno potencial por explorar, por ejemplo en el campo de las energías alternativas (hidroeléctrica, eólica, etc.). También en las telecomunicaciones,  nanotecnología, biocombustibles, informática, biotecnología, agroindustria, etc.

Al respecto, esto es lo que opina Andrés Oppenheimer en su sensacional libro “Cuentos chinos”:

“A diferencia de lo que ocurría hace dos siglos, cuando las materias primas eran una fuente clave de riqueza, hoy día la riqueza de las naciones yace en la producción de ideas. El siglo XXI es el siglo del conocimiento.

Muchos países con enormes recursos naturales están viviendo en la pobreza, mientras que otros que nos los tienen se encuentran entre los más prósperos del mundo, porque han apostado a la educación, la ciencia y la tecnología. El índice de los países con ingresos per cápita más altos del mundo está encabezado por Luxemburgo, con 54.000 dólares por habitante, que tiene un territorio minúsculo y no vende materia prima alguna”.

Todos –o casi- nos preguntamos sobre el secreto de China, que se ha convertido en la “fábrica del mundo”, que se ha tecnificado de un modo asombroso, que sus producciones se superan día a día en calidad, que ha logrado reconvertirse de un modo fantástico cuando hace escasas décadas poseía una estructura económica basada casi exclusivamente en la agricultura y, que dado esto, ha logrado que los precios de los productos que exporta no posibilitan competencia en la gran mayoría de los casos…

Las causas de este resultado son variadas y múltiples, pero a mi criterio tienen una gran relevancia la tremenda importancia que se le da a la educación en el gigante asiático. Por caso, en China existe un examen de ingreso obligatorio para todas las universidades, que dura dos días y es rendido anualmente por más de 6 millones de estudiantes. Y no es una prueba sencilla: un 40 por ciento de los aspirantes son reprobados, según datos del Ministerio de Educación. La competencia para ingresar a las universidades es durísima. Pero claro, el porcentaje de egresados es muy alto, mientras que en Argentina se reciben únicamente dos de cada diez estudiantes universitarios.

Por otro lado, China -al igual que India- está creando una élite científico-técnica globalizada.

Instalemos la lupa sobre el caso de Corea del Sur: en 1960, tenía un ingreso per. cápita equivalente a la mitad del de Brasil. Apostó fuertísimo a la educación. Y hoy, gracias a la avalancha de inversiones internacionales que arribaron al país para aprovechar la mano de obra calificada, Corea del Sur posee un PBI que es el triple del brasileño.

Es interesante también observar el “secreto” de Irlanda. Y es el siguiente: en las décadas del ochenta y noventa el país resolvió que necesitaba más científicos y técnicos y menos sociólogos. Así, los sucesivos gobiernos invirtieron fuertes sumas para estimular las carreras universitarias de ciencia y tecnología, creando dos nuevas universidades y dándoles más dinero a las existentes. El número de estudiantes que se inclinó por estas disciplinas creció en más del 100 por ciento. Además, las administraciones de aquellos tiempos desregularon la industria de las telecomunicaciones, que hizo bajar enormemente el costo de los llamados telefónicos internacionales y las conexiones por Internet. Todo este conjunto de medidas tenía un único objetivo: atraer a las principales empresas de computación del mundo. Lo lograron. Entre otras Apple se estableció en Cork. Y se modificó radicalmente el perfil productivo de la nación europea.

Pero retornando a nuestro país, observo el tema de la siguiente manera: el mundo se encuentra atravesando un período de profundas transformaciones científico-tecnológicas que están produciendo –y producirán aún más- una honda división entre los que saben y los que ignoran. Las mentes más iluminadas y la dirigencia política conciente coinciden que si existe un futuro para  Argentina este pasará por el campo de la ciencia, la tecnología y, por supuesto, su soporte elemental y primario, la educación.

La nueva alta tecnología está íntimamente ligada al desarrollo de la investigación científica. O ingresamos a ese campo agresivamente o continuaremos siendo países relegados. La investigación científica se ha convertido en el principal factor dinámico de la historia porque gravita en forma preponderante en la evolución industrial y tecnológica.

 Con lucidez aclara esta necesidad casi imperiosa, Marcos Aguinis en su libro “¿Qué hacer?”:

“En el siglo XXI la riqueza de las naciones dependerá del conocimiento, es decir, de la educación, la ciencia y la tecnología. Ya pasó el tiempo en que se creía a pies juntillas que la riqueza dependía de los recursos naturales. Hay países henchidos de recursos que son pobres, como por ejemplo Nigeria o Zimbawe. Hay paìses que no tienen nada de recursos naturales y son ricos, como por ejemplo Japón o Singapur. Tomemos el caso de Finlandia. Años atrás padecía una alta tasa de desocupación que rondaba el 20%; su sistema financiero se desquiciaba y las empresas quebraban en serie; la producción permanecía estancada en el viejo y cada menos valioso recurso de la madera. Ese país era casi una réplica de la Argentina que fuimos hace poco y aún seguimos siendo en parte. Pero los finlandeses tomaron la decisión estratégica de invertir nada menos que el 3,5% de su presupuesto nacional en ciencia y tecnología. Ahora Finlandia figura entre las naciones más ricas del mundo. En Argentina se invierte para ciencia y tecnología ¡sólo el 0,4%! ¡Vaya contraste! ”.

Para lograr el objetivo al Estado le corresponde una parte insustituible, que consiste en darle fomento, apoyo y sostén a estas disciplinas que en el presente marcan la diferencia entre las naciones avanzadas y las estancadas. Pero al sector privado también le corresponde su parte: debe, a mi criterio, trabajar intensamente para corregir el divorcio existente entre la actividad productiva y los centros de investigación y desarrollo.

El Poder Ejecutivo es conciente de esta realidad. En su página Web, el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de la Nación, a cargo de Lino Barañao,  reconoce textualmente que:

“Hoy se impone la necesidad de que se formen nuevas empresas científico-tecnológicas, como fuente de generación de nuevos puestos de trabajo, de mayor calidad y mejores salarios”.

Con el objetivo de paliar esta necesidad, en el período 2003-2007, y a través de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, se apoyó con aportes no reembolsables el desarrollo de cerca de 1500 proyectos de pequeñas y medianas empresas que apostaron a la innovación como instrumento para mejorar su competitividad. Asimismo, a través de créditos a tasas preferenciales y de incentivos fiscales se promovieron proyectos de modernización tecnológica en empresas con un monto cercano a los 500 millones de pesos.

En el diseño de su “Plan Estratégico de Mediano Plazo en Ciencia, Tecnología e Innovación”, revela que se adelantó la meta de llegar al 1% del PBI para este año. Pero el ministerio nacional admite su obligación. Su página Web realiza este diagnóstico sobre el escenario actual:

“El país tiene el potencial suficiente para ser líder en muchas áreas implementando tecnología de punta, agregando valor a las cadenas productivas, siendo fundamental para ello la actividad científico-tecnológica. La intervención del gobierno debe jugar un papel catalizador en esta materia, potenciando la cultura innovativa en todos los sectores”.

Sin embargo, y pese a las buenas intenciones de las autoridades del Ministerio del rubro, el país continúa exportando cerebros.

El primer éxodo masivo se produjo durante la aciaga “Noche de los bastones largos”, durante la dictadura de Onganía, pero el “goteo” no se detuvo. Continuo a menor ritmo pero de manera constante, indetenible.

Dijo en una oportunidad el actor Héctor Alterio:

 “El exilio fue inventado por los griegos y es uno de los descubrimientos más penosos de la humanidad. En la antigua Grecia, llenos de sabiduría, no te  torturaban, no te encarcelaban y raramente te mataban. Simplemente te echaban”.

 Y las condiciones de precariedad que se dan en el ámbito nacional, más la carencia de planificación, ocasionan que técnicos, científicos e investigadores continúen cruzando las fronteras para labrarse un porvenir en el extranjero.

Ahora bien, profundicemos las causas que pueden ocasionar esta situación. ¿Cuáles son?

Básicamente dos, por un lado la industria nacional siempre ha desconocido a la ciencia nacional, tanto como la ciencia a la industria. Falto y falta complementariedad, deseos por conocer las necesidades de la otra. Además, los industriales de nuestro país siempre tienden a pensar que la mejor ciencia y tecnología es la que llega del exterior. Falta extender el ejemplo de Techint que ha instalado laboratorios de investigación en el país.

Y por otro lado, la acción desarrollada hasta aquí por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) ha sido más bien pasiva. Se han ofrecido becas y subsidios, es verdad, pero no ha existido una política activa de integración a los grandes problemas nacionales. Siempre faltó decisión y estímulos para atacarlos y resolverlos.

Justamente esta semana nos enteramos por los periódicos o portales de noticias que Rusia planifica de modo oficial invertir 20.000 millones de dólares con el objetivo de armar su propio Sillicon Valey, y atraer así a académicos y científicos de todo el mundo. El presidente Medvedev reconoció públicamente el “atraso” que sufre la infraestructura económica de su país, y consideró que la única manera de renovar y relanzar el potencial ruso será a través de la llegada de entre 30.000 y 40.000 técnicos e ingenieros, a partir de 2015. El máximo mandatario ha mandado construir una ciudad futurista, a semejanza de la ubicada en California -verdadera fábrica de ideas, icono del universo tecnológico mundial-.

Medvedev ha insistido –con razón- una y otra vez que Rusia no puede continuar apostando únicamente a sus materias primas (petróleo y gas), como impulsores de su economía, y debe lograr otros pilares de crecimiento.

Y propone que en este centro tecnológico-científico y experimentador de ideas –que imagina fenomenal- participen universidades, laboratorios y empresas.

Por otra parte, me pregunto lo siguiente: si países como Irlanda –con una estructura económica basada en la agricultura y la ganadería esencialmente- o India –con la mayor parte de su población en estado de pobreza o indigencia-, lograron saltar el cerco del subdesarrollo apostando fuertemente a la tecnología de punta (en el caso de la nación asiática constituyendo un formidable polo de desarrollo de software en Delaware), ¿por qué Argentina, con su reconocida y elogiada internacionalmente calidad de sus recursos humanos, no puede hacer exactamente lo mismo? Esto es, delinear una política de Estado a largo plazo que supere los tiempos relativamente breves de una sola administración gubernativa, y que conformada en línea con los representantes del pueblo (senadores y diputados), determine, por ejemplo, tasas e impuestos preferenciales y facilidades para las empresas tecnológicas que decidan establecerse en el país.

El tiempo avanza y recorta las posibilidades, es hora de poner manos a la obra en una materia primordial para el futuro superador que los argentinos deseamos.

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