Mohamed Atta y el disfraz religioso

 

Ricardo Osvaldo Rufino  mir1959@live.com.ar

 

El personaje central de esta historia se llamó Mohamed Atta. Según la versión oficial proporcionada por el gobierno estadounidense, formó parte de la red Al-Qaeda –cuyo referente indiscutido es el saudita Osama Bin Laden- y fue el organizador, líder de grupo ejecutor y conductor suicida de la secuestrada aeronave de American Airlines, que a las 8.48 horas del fatídico 11 de septiembre de 2001, impactó contra la torre norte del World Trade Center, situada en la isla de Manhattan, en pleno corazón financiero y comercial de la metrópolis más influyente del presente –Nueva York-. Iniciando así la seguidilla de atentados de ese mismo día realizados contra estratégicos y altamente simbólicos objetivos estadounidenses, y que ocasionaron en total 2992 muertos y 24 desaparecidos. El sincronizado ataque  cubrió, cual si fuera la ola de un gigantesco maremoto, a los 6300 millones de integrantes con que contaba en ese momento la “aldea global” con pavor, sorpresa y pánico,  pero también con interrogantes de difícil resolución.

Mohamed Atta nació el 1 de octubre de 1968, cerca de El Cairo, capital de Egipto,  y creció en un hogar de clase media acomodada, caracterizado por contar con un alto nivel educativo. Su padre abogado, su madre y sus dos hermanas mayores (en la actualidad, una médica y la otra profesora) acogieron con verdadero regocijo al benjamín de una familia ejemplarmente constituida, con sólidas raíces religiosas mahometanas.

Ahora bien, a partir de esta resumida introducción comienzan a desgajarse en forma de catarata, profundas e inquietantes incógnitas que conforman el eje central de este texto. A saber: ¿Cuáles fueron las experiencias verdaderamente significativas que signaron la vida de ese niño africano, hasta el extremo de conducirlo a tomar la irrevocable decisión de inmolarse a tan temprana edad por el afán de defender sus creencias? ¿A partir de esas vivencias, cómo evolucionaron su mente y sus sentimientos? ¿Hasta qué punto influyeron las vicisitudes de su tierra de origen y de la región en que la misma está inserta, para transformarlo de manera tan notable hasta concluir convirtiéndolo en un terrorista y kamikaze devastador?

Atta inició sus estudios universitarios en El Cairo, pero luego emigró a Alemania. Estudió durante ocho años la carrera de Planeamiento Urbano en la Universidad Técnica de Hamburgo, donde obtuvo excelentes calificaciones, mientras trabajaba a tiempo parcial como diseñador gráfico en una empresa local.

Cuando fue despedido de la misma –1995-,  regresó a su tierra de origen  y permaneció en ella durante cuatro largos años. El ya destacado profesional, con el plus de una formación universitaria europea, vuelve a fracasar en su intento por insertarse laboralmente en su medio. Atta no contaba con contactos con la élite, por lo que sus posibilidades de encontrar un trabajo satisfactorio eran escasas a pesar de su excelente historial académico.

El periodista Jasón Burke, que cubrió durante diez años el Oriente Próximo y el sudeste asiático para el “Observer” londinense, afirma en su documentada y detallista obra titulada “AL QAEDA, la verdadera historia del islamismo radical”, que:

“Lo que más indignaba a Atta no eran las cuestiones religiosas. Conocidos suyos de El Cairo recuerdan que se ponía furioso por cuestiones esencialmente políticas. Tenía según sus amigos, un profundo sentido de ‘justicia social’ que era lo que alimentaba su cólera por las desigualdades de la sociedad egipcia. Le irritaba especialmente la indiferencia absoluta ante los problemas sociales de la élite del país. Criticaba la influencia estadounidense sobre ésta. Y le indignaba que los ricos prefirieran la Universidad americana de la capital a la propia Universidad de El Cairo donde había estudiado él. Los gobernantes egipcios que gozaban de una vida desahogada estaban ‘alienados’ de su propio pueblo y de su propia cultura”, explicaba Atta a sus amigos.

Su resentimiento, además, crece al observar cómo numerosas edificaciones tradicionales de su ciudad, caracterizadas por presentar netas líneas arquitectónicas islámicas, son impunemente semi-derrumbadas para levantar en su reemplazo “shoppings” o hamburgueserías de marcas globalizadas.

En ese período, sus convicciones religiosas se profundizan. Posteriormente, regresa nuevamente a Europa, probablemente ya con el firme convencimiento interior de luchar por sus creencias.

Amigos y compañeros de estudio de Atta aseveraron que durante su exilio alemán sufrió un profundo cambio en sus convicciones religiosas y en su temperamento.  Abrazó el fundamentalismo musulmán y se rodeó de otros seguidores devotos. Algunos testigos afirman que en algún momento de la primavera de 1999, en Kandahar, realiza un juramento de lealtad a Osama Bin Laden, en el campamento central del líder de Al Qaeda, sosteniendo con este profundas y prolongadas charlas.  Además de ser el mayor y más educado de los futuros secuestradores de aviones comerciales, era considerado por Bin Laden el más obediente y obsesivo con los detalles de todo el grupo.

Así describe el periodista argentino del diario Página/12, Walter Goobar, la continuación de su itinerario y el fortalecimiento de los dogmas religiosos, que se acrecentaban en su ideario:

 “Retorna a Hamburgo luciendo una tupida barba al estilo Osama Bin Laden y vistiendo ropas árabes y ya constituido en líder de un grupo de oración afirma: ‘El Corán no puede discutirse, el Corán es absoluto. Mis rezos y mis ofrendas, mi vida y mi muerte pertenecen a Alá, amo del mundo’. Un profesor alemán de su Universidad declaró: ‘Atta dedicaba su trabajo y su vida a Alá de una forma que si se lee ahora puede producir escalofríos’” (El Banquero del Terror, Editorial Sudamericana, 2001).

 Mohamed Atta daba clases sobre el Corán en Hamburgo, mostraba a sus alumnos una interpretación radical del libro religioso. Hasta que en la primavera del hemisferio norte de 2000, ya convencido de la misión que le dará sentido a su existencia, pega el salto al núcleo del imperio, con el propósito de realizar cursos como piloto de aeronaves, en una academia de vuelo ubicada en la localidad de Venecia, en la península de Florida. Hacia el fin del año 2000 Mohamed Atta ya contaba con conocimientos sobre como estrellar un avión contra un objetivo. Aún le faltaba pericia para pilotear un jumbo de gran tamaño, que obtendría luego.  Era el comienzo del fin de las Torres Gemelas…

Las investigaciones posteriores al 11 de septiembre de 2001 muestran que durante los meses previos a los atentados, Atta y sus acólitos desarrollaron una vida absolutamente normal en Estados Unidos: alquilaban casas baratas en barrios alejados de las zonas céntricas y caminaban por las calles como ciudades comunes. Sus ocasionales acompañantes jamás podrían imaginar la dimensión de las tragedias que los tendrían como protagonistas pocas semanas después.

Pero hay un hecho que marca con nitidez la notable evolución que experimentó el pensamiento del egipcio: el 10 de septiembre de 2001, en horas de la noche, cada grupo de los piratas aéreos tenía en su poder una carta. Todo indica que el autor del texto fue Mohamed Atta. Y la proclama que contenía expresaba lo siguiente:

“Cuando abordéis el avión, recordad que ésta es una batalla por Dios, que vale más que el mundo entero y que todo cuanto hay en él. Y cuando llegue la hora cero, abrid el pecho y dad la bienvenida a la muerte por la causa de Dios. Y que vuestras últimas palabras sean: No hay más DIOS que DIOS y Mahoma es su mensajero”.

Se descubre en esta invocación final que Atta poseía una idea absolutamente peculiar sobre Dios. Este no era para él una figura instalada en el firmamento para irradiar amor, benevolencia y paz hacia la humanidad. No era, como tantos creyentes consideran en el mundo entero, una luz poderosa que rige los destinos del universo. No, Dios era –para el conductor suicida-, su bandera, el estandarte de su causa, de esa causa consistente en llevar a cabo una guerra total y  definitiva contra sus enemigos. Esos enemigos que lo eran también  de todo el mundo musulmán –según su percepción- y que estaban destruyendo los propios fundamentos de la cultura y de los valores tradicionales e históricos del Islamismo musulmán.

Al comienzo de este escrito formulaba el interrogante clave sobre el cúmulo de causas que confluyeron para convertir a Atta en un terrorista y suicida brutal. Y evidentemente esta explosiva conjunción de factores concurrentes tuvieron muchísimo que ver con la transformación que experimentó un muchacho egipcio que creció en el seno de un hogar culto y bien conformado, que tuvo la ocasión de instruirse en Europa y tomar contacto con la modernidad y las corrientes de pensamiento más actuales y que, sin embargo, evolucionó hacia lo que todos conocemos.

Y esa evolución, a mi juicio, tuvo una connotación de índole política. Como la de todos los líderes de Al Qaeda. Así, uno debería preguntarse por qué razón  apelan permanente e insistentemente a las premisas, al mensaje y al sentimiento, profundamente religiosos,  de los seguidores de la doctrina de Mahoma.

Ellos desarrollan una postura inequívocamente revolucionaria. Quieren modificar abruptamente y de raíz el actual estado de cosas. Es decir, creen que el actual estado de postración y atraso de sus países se debe al dominio hegemónico que ejercen las naciones capitalistas y occidentales, y apelan a la solución terrorista y/o militar para lograr la liberación del mundo árabe.

Pero, entonces surge espontáneo el interrogante crucial a formular ¿por qué causa no formulan sus intenciones de manera directa y en términos claramente políticos y lo hacen, en cambio,  utilizando un atajo, el atajo de la religión?

Seguramente porque saben perfectamente del fervor y  la pasión de 1400 millones de seguidores del Islam por el legado de Mahoma, y perciben –a mi entender de modo acertado- que utilizando un mensaje netamente religioso se incrementan decisivamente las posibilidades de conseguir adeptos para su causa.

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