Hechos que pasaron a la historia (2): 1968, un año rebelde

 

 

 

Ricardo Osvaldo Rufino mir1959@live.com.ar

 

1968, fue un año de rebeldías extendidas. Ese proceso hizo eclosión cuando ciudadanos desencantados desde Praga hasta Perú pidieron la liberación cultural, social, económica y política.

El movimiento de la Nueva Izquierda adoptó ideologías tan distintas como el anarquismo o el maoísmo y rechazó todo indicio de respetabilidad burguesa. En Ciudad de México la policía atacó a manifestantes; las universidades de Gran Bretaña y Alemania Occidental se transformaron en comunas; los primeros ministros de Italia y Bélgica cayeron, y Josep Tito de Yugoslavia se vio obligado a hacer concesiones. Los estudiantes de París humillaron a la Quinta República del presidente Charles De Gaulle. En Estados Unidos, los rebeldes protestaron contra el sistema de elección de sus dirigentes.

Por caso, De Gaulle, una de las figuras más destacadas de la Segunda Guerra Mundial, declaró en una ocasión de modo contundente y un tanto dictatorial “Yo soy Francia”, pero como presidente descuidó los asuntos nacionales y, en 1968, su paternalismo pasó de moda. En mayo, la policía de Nanterre puso el punto final a una huelga de estudiantes que protestaban contra las instalaciones y los planes de estudio anticuados. La protesta se extendió a la Sorbona y de allí a las calles de París. Con ladrillos y barricadas, treinta mil miembros de la Nueva Izquierda se enfrentaron a cincuenta mil policías. Obreros simpatizantes tomaron las fábricas en todo el país. Muchos franceses pensaron que era el fin de la civilización.

Tras semanas de silencio autoimpuesto, De Gaulle concedió aumentos de sueldo a los obreros, disolvió la Asamblea Nacional y amenazó con emplear el ejército. Se restableció el orden y las elecciones revelaron una reacción progaullista. Sin embargo, el presidente sobrevaloró su fuerza al jurar que dimitiría a menos que los votantes aprobaran una proposición de reorganización gubernamental. No lo consiguió, y en abril de 1969 finalizó la era De Gaulle.

Es importante subrayar y recordar que el año de 1968 fue un período signado por la rebeldía en todo el mundo. Tampoco esta ola de insurrección se propagó únicamente en 1968, sino toda la década de los sesenta fue liberadora. No solo fue la lucha política en las calles, en las plazas y las escuelas, también fue, por sobre todo,  la batalla cultural de los jóvenes y las mujeres por romper contra la impronta de una sociedad tradicional autoritaria y opresiva conducida por los gobiernos, los empresarios, el clero, la familia, y la escuela. La década de los sesenta fue una revolución cultural y política en los EEUU, en Francia, Alemania, Checoslovaquia; tanto en el mundo capitalista como al interior del llamado bloque socialista. Y en esa revolución fueron los jóvenes, insertos en una etapa de la vida proclive a la desobediencia, los que comenzaron a echar abajo el pensamiento y comportamiento viejo y tradicional. ¡Vivan los hippies, los Beatles y los Rolling, la sicodelia, el amor libre, la libertad!, fueron las consignas de una época sin igual. Es como que los jóvenes de pronto descubrieron que ya no querían vivir bajo la égida de instituciones básicas y perimidas. Deseaban renovación, deseaban más libertad y transparencia.

En 1968 la importancia de estas luchas libertarias fue tal que cuando se organizaron las grandes manifestaciones de Berlín (febrero), París (mayo), Chicago (agosto) o Londres (octubre), éstas llegaron a ser los mayores acontecimientos en la vida política de las naciones implicadas. Las poderosas batallas de la oposición estudiantil jugaron un papel decisivo en el proceso que obligó al presidente de los EEUU Johnson,  como al general De Gaulle, a abandonar el poder, así como el fracaso del gobierno laborista inglés de Wilson. Si bien todos esos movimientos fueron reprimidos con brutalidad cimbraron a los gobiernos y cambiaron las costumbres y las formas autoritarias de gobierno. La revolución en la familia, en la escuela y demás instituciones transformaron desde la raíz a dominados y dominantes, a autoridades y subordinados.

Sartre y su existencialismo, el Che y su humanismo, China y su maoísmo, Bakunin y su anarquismo y el filósofo crítico Marcuse, fueron los personajes que se convirtieron en bandera de los jóvenes luchadores sociales de entonces. “Prohibido prohibir”, fue el axioma que significó la plena libertad que iba unida a la “conciencia de la necesidad” de Marx. Los más esclarecidos hacían esfuerzos por entender las aspiraciones de aquellos jóvenes que dejaban sus hogares para organizar sus comunas, que rompían con su trabajo y sus ingresos para trabajar en colectividad, que luchaban contra el consumismo y gritaban que había que hacer el amor y no la guerra y que con su guitarra, su pintura, su folklorismo y su rock, pensaban que podrían derrotar el capitalismo hipócrita y destructor de la humanidad. Si bien los acontecimientos políticos fueron los más difundidos, la revolución cultural fue, en definitiva, la transformación real.

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