Secuestrados.

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japerezduval@gmail.com

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El titulo parecerá muy fuerte a algunos lectores, pero esa es la palabra que en realidad define el estado actual de los españoles y de la mayor parte de los habitantes de la tierra.

El secuestro es el acto por el que se priva de libertad de forma ilegal a una persona o grupo de personas.

Secuestrados, estamos secuestrados por la CASTA PARASITARIA y lo peor del caso es que muchísimas personas ni se dan cuenta.

Otras que si se dan cuenta de su situación se ven silenciadas, no disponen de los medios necesarios para difundir su mensaje, las leyes que deberían estar hechas para proteger al pueblo, se hacen para encadenarlo y explotarlo.

Sólo tienen derechos los miembros de la CASTA PARASITARIA, los ciudadanos sólo tenemos deberes.

Incluso la “movida árabe” que a simple vista parece una revolución popular es un “cachondeo”, sencillamente es parte de la operación del Imperio para quedarse con todo el petróleo.

Empezó la “Operación Petróleo” con el 11-S, siguió con la ocupación de Afganistán, que permitirá establecer un gaseoducto y un oleoducto desde los estados petroleros del Turquestán a los centros de consumo de Pakistán, India y los puertos de embarque del Índico.

Acto seguido vino la ocupación de Irak, más gas y petróleo, nos digan lo que nos digan.

Aunque en esta parte del “cachondeo” los intereses estratégicos de Israel también pesaron mucho.

Túnez, Yemen y Egipto se me dirá que no tienen apenas petróleo. En estos países existen amplias bolsas de petróleo sin explotar y Bicerta (Túnez), Adén (Yemen) y el Canal de Suez (Egipto) son fundamentales para asegurar las líneas comerciales de abastecimiento de gas y petróleo.

Ahora le toca el turno a Libia. El Gadafi es un dictador, un asesino y un terrorista sin duda, pero quién dice que lo que viene sea mejor.

El hecho de que el Imperio se valga de los Sanusis para la fase libia de la “Operación Petróleo” implica un riesgo enorme para los europeos, nos podemos encontrar con un emirato islámico en nuestro patio trasero.

Para el Imperio ese riesgo es aceptable ya que sus actuales intereses en Libia son casi nulos y además está muy lejos de sus costas.

Con el tiempo esta operación se terminará con Venezuela e Irán, aun tardaran en ponerse en marcha estas fases de la “Operación Petróleo”, pero amigos lectores no lo dudéis, se pondrán en marcha.

¿Por qué? Pues porque el Imperio corre un peligro de muerte al consumir mucho más de lo que produce.

Sus enormes déficits comercial y fiscal, su inmensa deuda que se incrementa sin parar, ver http://www.usdebtclock.org/index.html, más pronto que tarde generaran el hundimiento del dólar y la quiebra del mismo Imperio.

Para impedir esto nada mejor que controlar el petróleo y el gas, actualmente fuentes imprescindibles de la energía que consume el mundo.

De esta forma las colonias y el resto del mundo se verán obligados a comprarles el gas y el petróleo al precio que ellos fijen.

Así y mediante el control que la CASTA PARASITARIA de cada país ejerce sobre los distintos pueblos vasallos, el Imperio se podrá mantener y proteger.

Comprobar lo que está pasando en Túnez y Egipto, donde el proceso de cambio de agentes principales esta más adelantado, ¿quién controla ambos países?, el ejercito, un ejercito armado, entrenado y dirigido por el mismo Imperio, en realidad son sus cipayos.

El Imperio ha cambiado durante la historia de capital, pero apenas ha cambiado sus métodos.

La CASTA PARASITARIA se auto perpetua a través de la monarquía, su forma predilecta de gobierno, aunque se encubra muchas veces con ropajes republicanos, pero las dinastías están ahí, de forma descubierta o encubierta, pero están ahí.

La mayor parte de los habitantes del mundo no somos ciudadanos libres, somos siervos secuestrados que trabajamos para nuestros secuestradores, aunque estos usen armas tan sutiles como el fútbol, la televisión, las tarjetas de crédito o la hipoteca de la casa en que vivimos.

NOS TIENEN SECUESTRADOS.

No somos libres, esa es la amarga realidad.

Lo peor es que en un secuestro efectuado por un delincuente siempre tienes la esperanza de ser liberado, pero en este caso esa esperanza es casi nula.

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Eclosión en Medio Oriente. Sus verdaderas causas

 

Ricardo Osvaldo Rufino   mir1959@live.com.ar

 

 Estamos en la otra mitad del mundo. Pertenecemos a Occidente. Nuestra raza es diferente y practicamos otra religión, el Cristianismo. Contamos con una concepción más elevada sobre la legítima prerrogativa que tenemos a que se respeten nuestros derechos cívicos y  la importancia que tiene vivir bajo el imperio de la ley, en democracia. Y en un clima social en el que se respeten nuestras libertades individuales.

Por consiguiente, nos cuesta comprender lo que está sucediendo en el Medio Oriente, donde predomina una cultura realmente distinta a la nuestra: observamos azorados cómo pueblos de países que se caracterizaban por una notable estabilidad política “estallan” y protagonizan una eclosión contagiosa. Es el caso de Túnez, Egipto, Yemen, Libia. Y otros más que pueden llegar. 

Pero hay un problema en nuestra percepción: los analistas internacionales que presentan la información ante los canales de televisión, los corresponsales de los medios gráficos, los comentaristas radiales, cuando intentan explicarnos a los habitantes argentinos –de ellos estoy hablando- las causas y la evolución de los acontecimientos que sorprenden a la “aldea global”, constantemente recurren a explicaciones de tipo geo-político o geo-estratégico. Ejemplos: “Hosni Mubarak –el depuesto líder egipcio- tiene el apoyo de Estados Unidos, ya que en los muchos años que se mantuvo en el poder supo mantener la paz y el equilibrio en una región conflictiva y clave para el gran país del Norte”. O, “Muammar Kadhafi cuenta con el sostén de Italia, ya que son numerosos los nexos –muy especialmente los económicos- que quedaron entre ambas naciones luego de que Libia fuera colonia del país europeo”, etc., etc.

Pero lo que los periodistas o especialistas en internacionales no nos dicen, y que a mí personalmente me gustaría mucho saber para tener un panorama correcto de las causas que ocasionan esta rebelión, es cómo está la gente en esos países, cuál es su situación: ¿Tiene trabajo? ¿Cuáles son los porcentajes de desocupación en Egipto y en Libia? ¿La gente tiene viviendas dignas? ¿Cuál es el porcentaje de analfabetismo en las naciones cuyos pueblos se están levantando contra sus autoridades? ¿Existen industrias que posean capacidad de recepción de mano de obra, o la mayoría de la población sobrevive con el cuentapropismo o el cultivo de sus propios alimentos? ¿Cuál es el estado de la educación pública y de la salud pública en esos estados?

Interrogantes, fundamentales, imprescindibles, para conocer la verdadera realidad de pueblos de Medio Oriente que parecen haber llegado al límite de su tolerancia. 

Me tomé el trabajo de investigar. Empecemos por Egipto: es el país más poblado del mundo musulmán, cuenta con más de 83.000.000 de habitantes en un territorio de 1.001.450 km2., ecuación que da una densidad poblacional de casi 83 habitantes por kilómetro cuadrado. Con un agravante, la mayor parte de su superficie la integra el desierto del Sahara, solamente habitado en torno a los oasis. Egipto es prácticamente un desierto, y su única zona fértil se registra en torno al Nilo, de ahí la vieja frase “Egipto es un don del Nilo”. Dice Wikipedia, al respecto: “Egipto está ocupado en su inmensa mayoría por el desierto del Sahara, que es surcado por un único río, el Nilo, que riega la única tierra fértil del país y que ha sido la principal fuente de riqueza y ha permitido el desarrollo de varias culturas a lo largo de su historia”.

Es tan así que el antiguo nombre de Egipto, “Kemet”, significaba “tierra negra”, o limo, que es el residuo cultivable que deja el Nilo en sus márgenes cuando se retira luego de las inundaciones anuales.

Otro dato: casi la mitad de los egipcios vive en áreas urbanas, sobre todo en los centros densamente poblados de El Cairo (15.000.000 de habitantes)  y Alejandría. Y cerca del 98 por ciento de su población se concentra a lo largo del Nilo. La densidad de población en las dos orillas del Nilo es una de las más altas del mundo y su crecimiento es considerado uno de los graves problemas del país.

¡Aquí está!, presiento que nos vamos acercando al núcleo del problema. Superpoblación, y esencialmente, tremenda concentración de la población. Dos problemas realmente graves para cualquier nación que pretenda tener un crecimiento aceptable que le posibilite sostener de modo adecuado a todos los habitantes que año tras año se suman a su población.

Altísima desocupación.

También leo en Wikipedia que “El rápido crecimiento demográfico ha saturado el sistema educativo. El analfabetismo es muy elevado: 32,8% en varones y 56,4% en mujeres. Muchos niños asisten a la escuela de forma irregular o no asisten porque tienen que trabajar”.

Con respecto a la sanidad, el cólera es un flagelo en las zonas rurales de Egipto debido al deficiente tratamiento del agua. La rabia no está erradicada.

Por otra parte, existen dos clases sociales muy marcadas en el país norafricano: la clase alta y media es la élite, con educación de influencia occidental, la clase baja es mucho más humilde, a la cual pertenecen los agricultores, la población urbana mayoritaria y los obreros. Entre ambas existen enormes diferencias en el estilo de vida, hábitos, alimentación, vestimenta. 

Ahora comienzo a entender porqué motivo el pueblo egipcio está tan predispuesto a llevar a cabo una revolución, porqué su hartazgo y actitud intolerable ante condiciones de vida que tanto lo humilla. Más allá de las causas “macro” (como dicen ahora los economistas), hay que ingresar a los motivos “micro”, que son los que realmente tienen la última palabra y nos dan la explicación que deseamos conocer.

Seguramente habría que hacer el mismo trabajito de indagación con las poblaciones de Libia o Túnez para entender las causas de tanta agitación, que más allá de lo lamentable de las víctimas que ocasiona, es bienvenida si terminan por mejorar el estándar de vida de esas poblaciones.

¿Cerrar la economía? Imposible

 Ricardo Osvaldo Rufino   mir1959@live.com.ar

La generalización, expansión y –puede decirse- “explosión” de los transportes y las comunicaciones fueron los dos factores que dieron basamento a la irrupción de la globalización.

Las empresas multinacionales comenzaron a ver que un mismo trabajo que en los Estados Unidos, en Inglaterra o en Francia lo hacía un obrero que ganaba 2.000 dólares mensuales lo podía hacer alguien en Malasia (o en cualquier otra nación del sudeste asiático)  ganando 40 dólares por mes. Así surgió la tentación irrefrenable de llevar ese material al otro lado del mundo, hacer esa parte del trabajo y ahorrar dinero.

Mientras las comunicaciones eran caras y lentas, esto hubiera sido una locura; cuando se volvieron baratas y rápidas, era una locura no hacerlo. 

En nuestros días, una empresa radicada en los Estados Unidos puede fabricar un “chip” de computación; pero durante el proceso, el material puede dar varias veces la vuelta al mundo, porque en su elaboración intervienen personas de diferentes países.

Las empresas dejaron de ser “multinacionales” para pasar a ser “transnacionales” y, como afirma Robert B. Cheik, quien fue ministro de Trabajo del presidente Clinton, en Estados Unidos:

“En suma, ¿cuál de éstos es un producto norteamericano? ¿Cuál un producto extranjero? ¿Cómo se determina? ¿Importa realmente esto?” (El trabajo de las naciones, Vergara, Buenos Aires, 1993). 

Las fronteras nacionales no existen para la economía actual. Las empresas dejaron de tener un centro en un país rico y sucursales esclavas en países pobres, para convertirse en redes de producción internacional que no reconocen fronteras ni nacionalidades. Las empresas adoptan, como domicilio fiscal, los países que menor cantidad de impuestos cobran. Estas redes de producción mundial tampoco son necesariamente parte de una misma empresa.

Las células de estos enormes organismos mundiales pueden ser pequeñas o grandes. Ya sea un pequeño estudio de diseño industrial formado por tres o cuatro personas talentosas que con su computadora conectada a Internet trabajan para una gran empresa supranacional desde cualquier lugar del mundo, ya sea un programador individual que trabaja en su casa con las pantuflas puestas, o una planta industrial de varias hectáreas donde trabajan cientos de obreros y cientos de robots. Todos se integran con diferentes formas de asociación jurídica a una red mundial de producción que, a lo mejor, fabrica un automóvil que luego se vende en diferentes continentes. 

Lo que ocurre con la manera de producir es exactamente lo mismo que ocurre con la propiedad de las grandes empresas. Resulta tan difícil decir que una empresa es estadounidense, inglesa o paquistaní, como decir quien es el dueño; porque además de existir muchas formas de asociaciones entre empresas jurídicamente independientes, la mayoría de estas grandes compañías cotizan sus acciones en bolsa y, a su vez, estas acciones están en poder de fondos comunes de inversión que pueden pertenecer, en ínfimos porcentajes, a cientos de miles de personas. Algunas de ellas son millonarios y otras, obreros de reducidos ingresos que ni saben que su fondo de jubilación es propietario de acciones de esa sociedad. 

Frente a esta realidad mundial, compleja e irreversible, no existe país que pueda pensar en tener una economía cerrada, sin quedarse absolutamente al margen del progreso y de la historia.

A mi criterio, la clave de esta realidad pasa por lograr el equilibrio que significa integrarse abiertamente al mundo aceptando las condiciones que exige la globalización, pero sin perder la autonomía e independencia para decidir que un país que se digne de soberano debe poseer.

11-S: Otro enigma altamente sospechoso

Ricardo Osvaldo Rufino   mir1959@live.com.ar

 

 

Voy a contar una historia. Puede parecer ficticia, pero no lo es. Es absolutamente real. Y sucedió. 

Con una extensión de 23 Km2.  y un perímetro de 26 kilómetros, la Base Aero-Naval de Rota, ubicada en Cádiz, España,  es uno de esos espacios peculiares que se cuelan en la geografía andaluza, como es el caso también de Gibraltar. Culturas y lenguas diferentes que se combinan y adentran en territorio español.

Tras un acuerdo entre España y EE.UU., se comenzó a construir la Base en 1953 sobre un terreno de gran valor estratégico ya que se encuentra a medio camino entre Asia y América y muy cerca del Estrecho de Gibraltar, que colinda con África.

La Base Aero-Naval de Rota es un puerto naval militar y un aeropuerto militar de uso compartido y comandado tanto por EE.UU. como por España. De hecho allí ondean las banderas americana y española, aunque son los americanos los que hacen uso de más superficie, teniendo a muchas familias viviendo dentro de la edificación (la habitan alrededor de 2000 ciudadanos estadounidenses). Que cuentan con numerosos servicios dispuestos para abastecerlas. Es como un pequeño pueblo americano en medio de la costa atlántica gaditana.

Este complejo, que se usa como base logística para operaciones militares en Europa, el norte de África y Oriente Próximo, es lugar de paso para aviones de carga y buques de todo tipo no solo de Estados Unidos sino también de otros muchos países que forman parte de la OTAN, que lo usan para repostar. España tiene aviones y buques atracados de forma permanente, EE. UU., no.

El acceso a la Base Aero-Naval está prohibido. Al visitante sólo se le franquea el ingreso si lo hace acompañado de un militar o si ha obtenido un permiso especial, solicitado por escrito al Almirante Jefe del complejo, donde deberá detallar qué va a visitar, qué actividades pretende llevar a cabo en la Base, etc. No es seguro que obtenga el permiso.

La Base se ha convertido en una de las instalaciones navales más modernas y avanzadas. De hecho, se habla de una ampliación para atender las nuevas necesidades de logística. Allí, además de atracar una gran variedad de buques, submarinos, escuadrones de aviones y los comandos operacionales y de apoyo, se encuentra el Centro Meteorológico y Oceanográfico para Europa de la US Navy, que provee información para las fuerzas de EE.UU. y la OTAN. La Base tiene capacidad para unos 24 buques y un aeródromo militar que registra anualmente un elevado tráfico aéreo. 

Bien, hasta aquí los datos básicos para saber de que estamos hablando (o escribiendo).

El 11 de septiembre de 2001, las puertas de acceso a la Base Aero-Naval de Rota se cerraron de manera absoluta e infranqueable ¡cuatro horas antes del feroz atentado a las Torres Gemelas y al Pentágono! Soldados norteamericanos registraron los alrededores, en cuestión de minutos las instalaciones fueron acordonadas y decenas de marines, pertrechados con sus fusiles tomaron la azotea del edificio central de la edificación.

Exactamente cuatro horas después de estos sugestivos movimientos, en que la Base fue colocada en estado de “máxima alerta”, un Boeing 767 de American Airlines, piloteado por el terrorista egipcio Mohammed Atta, se estrellaba contra la torre Norte del World Trade Center, en Nueva York. Eran las 14.50 horas en España: la cadena de atentados más terrible de la historia acababa de empezar y el mundo observaba azorado. 

Sin que, aparentemente, nadie hubiera sido capaz de preverlo, cuatro aviones comerciales habían sido secuestrados por terroristas de Al Qaeda. Los Boeing serían utilizados como misiles contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Increíblemente, los servicios secretos más poderosos del planeta no habían sido capaces de prevenirlo y, por ende, de proteger del ataque a Estados Unidos.

No obstante, el hecho de que la Base Aero-Naval de Rota activara sus mecanismos de alerta a las 11.05 horas de aquel día invita a la duda. Más aún sabiendo que sólo unos meses atrás Mohammed Atta había sido visto allí.

El Ministerio de Defensa de España mantuvo mutismo absoluto sobre las causas de aquella alerta.

Es inevitable preguntarse si existía información en aquella base de lo que iba a suceder…

Un desequilibrio peligroso

Ricardo Osvaldo Rufino  mir1959@live.com.ar 

 

Durante el transcurso de los años noventa y el comienzo del nuevo siglo, más allá de períodos cortos de recesión, la economía norteamericana ha venido creciendo a buen ritmo. Tasas de crecimiento anual de 3% y 4% eran muy frecuentes en las estadísticas económicas de ese país. Ello ha llevado a pensar a muchos que el papel hegemónico de Estados Unidos, tanto en lo económico como en lo cultural, está garantizado por décadas y décadas enteras. Sin embargo, quienes piensan así se equivocan, y muy gravemente. 

El comienzo del siglo XXI quizá se recordará por los efectos de la caída de las Torres Gemelas, pero también por el recrudecimiento de los llamados “déficit gemelos” en Estados Unidos. Solamente en el año 2006, el déficit externo del gran “país del Norte” se aproximó a los 900.000 millones de dólares. En el 2007 la cifra fue similar. Un déficit de esa magnitud implica una cantidad muy peligrosa ya que supone que cerca del 7% del PBI de ese país se encuentra comprometido. Para que tengamos una idea de lo que significa, es necesario decir que los Estados Unidos gastan en un año, en exceso de su producción interna, el equivalente de toda la producción anual de Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Chile. En efecto, los Estados Unidos de América literalmente han venido “tragándose” en los últimos tiempos, año tras año, un monto superior a la producción anual del MERCOSUR a cuenta de su exceso de gasto interno.

Vale decir que si las tasa de crecimiento norteamericanas han sido muy aceptables últimamente, hasta 2006, es sólo porque ese crecimiento ha sido financiado con endeudamiento público y privado. 

Como fácilmente se advierte, nadie puede endeudarse a ese ritmo en forma acumulada sin tener a la larga problemas muy, pero muy serios. Cuando la serie de países que sufrieron crisis a lo largo de la década del noventa, comenzaron a padecer sus mayores dificultades, sus déficits externos –que fueron en general el “gatillo” de las crisis en casi todos los casos- no llegaban al 7% de sus PBI.

Pues bien, la economía norteamericana hace rato ya ha alcanzado esos niveles. Y si ha podido mantenerse a flote ha sido porque los grandes bancos centrales y las megacorporaciones de Asia (principalmente de Japón, China, Corea del Sur, Taiwán y Singapur, entre otros) han venido acumulando reservas en dólares en forma de bonos del Tesoro estadounidense, depósitos bancarios en dólares, acciones de empresas y otros títulos públicos y privados de deuda norteamericana.

Pero esa situación está generando serias distorsiones internacionales: los bancos centrales asiáticos vienen invirtiendo en bonos estadounidenses el producto de sus superávits comerciales con los Estados Unidos, con lo cual mantienen artificialmente subvaluadas sus propias monedas, y muy líquidos sus propios mercados financieros, dado que generalmente compran con emisión monetaria los dólares que ingresan. Todo ese movimiento les permite mantener un nivel de actividad alto en relación con el que tendrían si los Estados Unidos corrigieran su exceso de demanda de productos externos y no les compraran en la magnitud que hoy lo hacen. 

Entonces, si el mundo ha crecido en conjunto aceptablemente bien, hasta fines de 2008 cuando irrumpió la crisis de las hipotecas sub-prime precisamente en los EE.UU., fue porque se logró mantener un equilibrio que no puede ser estable en el mediano plazo, debido a que Estados Unidos ha liderado el crecimiento mundial gracias a un enorme desequilibrio de balanza comercial, especialmente con Asia, pero también con Europa y América latina.

Han sido los socios comerciales y financieros de esta nación los que han podido evitar que ese país cayera en una cruenta recesión. Han utilizado sus enormes superávits para financiar cada vez más a su deudor: el Estado y el sector privado norteamericanos. 

El gran problema es que este esquema no puede mantenerse indefinidamente.

Y en algún momento Estados Unidos deberá poner “manos a la obra” y comenzar a vivir dentro de sus posibilidades…

El universo económico copado por la especulación

 

 Ricardo Osvaldo Rufino   mir1959@live.com.ar

 

El centro financiero más importante del mundo, conocido por escasos iniciados bajo la abreviatura CHIPS (Clearing House Interbank Payments System), está situado por supuesto en Estados Unidos, exactamente sobre una de las márgenes del río Hudson, en el corazón de Manhattan, en un salón azul que tiene un tamaño un poco mayor que una cancha de tenis. Es, en definitiva, el centro de traspaso de las operaciones bancarias del país del Norte. Su dirección exacta jamás se menciona para prevenir ataques terroristas. El acceso al público en general y a la prensa en particular está absolutamente vedado.

Su importancia es tan vital que sobre la otra margen del Hudson existe una réplica exacta, con computadoras gemelas y escritorios vacíos para ser utilizados en caso de ataque nuclear, catástrofe natural o atentado terrorista.

A través de las memorias de las gigantescas computadoras Unisys emplazadas en esa desconocida oficina neoyorquina de clearing interbancario, transitan diariamente un billón de dólares. ¡Un billón de dólares!, convertidos en señales electrónicas que recorren la geografía del planeta en fracción de segundos y cambian de dueño con la misma celeridad.

Lo llamativo es que solamente un escaso 5 por ciento de esas operaciones están vinculados al comercio de bienes o mercaderías, un 15 por ciento son inversiones y los 800.000 millones de dólares de dólares restantes son transacciones puramente especulativas.

Trasladar un millón de dólares a través de la mitad de la superficie del globo demora tres segundos y cuesta 40 centavos de dólar.

Es impresionante este dato: del total de las operaciones bancarias que se transan día a día en Estados Unidos de América el 80 por ciento corresponden al circuito especulativo. Aquí entendemos porque motivo ha tomado tanto alcance en los últimos tiempos los mercados a futuro basados en el precio de los cereales –“commoditties”-, en los que los inversionistas pueden apostar a la suba del precio de los alimentos.

A mi criterio, esto indica que en el universo de la economía el sector financiero –y dentro de éste, el especulativo- ha alcanzado una dimensión tal, que supera por mucho al netamente productivo. Y esta es una distorsión que no afecta únicamente a Estados Unidos. Lo de esta nación es una muestra, una muestra realmente significativa porque hablamos del país más poderoso del mundo, pero esta realidad se puede trasladar sin temor a equivocarnos.

Seguramente muchos economistas ortodoxos y apegados a la letra de la teoría económico podrán decirnos que el sector financiero es el “alimento”, el “proveedor”, del sistema productivo, pero claro yo respondo que lo es –o lo puede ser- si su razón de ser es genuina y no puramente especulativa.

Qué poco hacen los políticos contra la desocupación

Ricardo Osvaldo Rufino   mir1959@live.com.ar

 

Es común que los gobernantes –o candidatos a serlo- anuncien que van a aniquilar la desocupación, y hasta le pongan plazo fijo a esa hazaña. Saben que los altos índices de paro son connaturales al sistema estructural que han elegido, y que el electorado ratifica en cada elección, en el cual el Estado cumple un papel escaso, tanto en la eliminación de ese flagelo como en la atenuación de sus consecuencias.

El Estado argentino destina a luchar contra el desempleo apenas el 0,2 por ciento de su presupuesto anual, mientras que España –que ahora está siendo fuertemente castigada por la desocupación- dedica a mitigar esas consecuencias un 3,64 por ciento y otros países de Europa destinan porcentajes que oscilan entre el 5,99 por ciento en el caso de Suiza y el 2,89 por ciento en el del Reino Unido.

El desempleo es una especie de catalizador que desnuda muchos comportamientos hipócritas y/o esquizofrénicos de protagonistas de la vida pública. Por ejemplo, es bueno destacar el caso de los sindicalistas: padecen una galopante crisis de representatividad, y la opinión pública de la mayoría de los países tiene de ellos un pésimo concepto. Sin embargo, en Argentina, por caso, no han producido cambios en sus formas organizativas, y los trabajadores sin empleo carecen de voz y voto en el sindicato. Subsisten idénticas estructuras que cuando en el país existía el pleno empleo. Así, los dirigentes sindicales son mandatarios (en el mejor de los casos, admitiendo que sus mandatos sean válidos) de una virtual aristocracia laboral, la de quienes aún conservan trabajos en relación de dependencia. El trabajador que es despedido queda sin representación. En ese contexto, uno debería preguntarse: ¿qué legitimidad tiene la CGT para hablar en nombre de la totalidad de los trabajadores?

Hay un hecho que es paradójico. Transitamos un tiempo en el que predominan los adelantos tecnológicos, y éstos han posibilitado la creación de nuevas formas sociales relacionadas con el consumo (desde la oferta que se lanza a través de Internet al dinero de plástico, desde la multipresencia de la publicidad hasta el marketing), sin embargo no se han creado formas de inserción social para las capas de la población que ya no son contenidas por antiguas instituciones. En la realidad, los derechos de los desocupados, ancianos, jóvenes, se esfuman. El desocupado no cotiza a su sindicato, por lo tanto, pierde su organización y su obra social sindical. No aporta a la medicina privada, por consiguiente, no tiene cobertura de salud, salvo la que le brinda la red hospitalaria estatal. No consume, o consume lo mínimo, y por lo tanto, no tiene relevancia para el mundo de la publicidad y la producción. No cumple con los cánones de moda, es un “no-ser”.

Visualicemos el tema de los desocupados con un ejemplo metafórico: el desempleado, como los presos sólo puede destruir los muros que lo aprisionan, pero ése es un ejercicio inútil, pues las ruinas de esos muros son tan opresoras como el muro en pie.

Y mientras tanto, el aro de la hipocresía sigue girando. Presidentes que auguran aniquilamiento de la desocupación, ministros que ponen plazo fijo al flagelo, funcionarios que repiten “estamos preocupados y alertas”, sindicalistas que piden la prohibición del despido a sabiendas de que pronuncian un dislate, empresarios que han denigrado siempre al Estado pero que piden su intervención cuando les va mal.

En definitiva, fuegos de artificio. En concreto, no se hace nada efectivo para ayudar a los que han quedado fuera del circuito laboral.

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