La superpoblación provoca males evidentes e indiscutibles

Ricardo Osvaldo Rufino  mir1959@live.com.ar

¿El mundo está a punto de experimentar una gran crisis demográfica?

“Caminando on Line” (diario digital de origen español) publicó el día 11 de abril una nota muy interesante titulada “La bomba demográfica y cómo la sobrevivimos”.

En la mencionada, renombrados especialistas en esta disciplina argumentan que no es tan nocivo el crecimiento que viene experimentando la población a nivel mundial (ya somos 7.000 millones los habitantes del planeta Tierra) fundamentalmente por dos motivos: en primero lugar,  porque la “revolución verde” posibilitó aumentar la producción de cereales y alimentos y con esto disminuyó el hambre de las poblaciones más postergadas, y segundo,  porque además el evidente incremento del nivel de escolaridad permitió integrar a millones de niños a una vida normal. 

No coincido, sinceramente, con la tesis que afirma que hemos logrado sobrellevar bastante bien este notable incremento poblacional y que debemos descartar de plano un escenario de crisis demográfica.

El problema de la superpoblación ha sido estudiado desde hace muchos años. Sin embargo, el planteamiento general ha sido si era posible mantener a la creciente población con los recursos que pudieran generarse. En condiciones ideales la respuesta a esa pregunta es afirmativa. O sea, puede parecer fácil demostrar teóricamente que, incluso el doble de la población actual del planeta podría ser mantenida con sólo repartir equitativamente la riqueza, reducir el consumo de carne al mínimo y aplicar las técnicas más modernas en todos los cultivares. Sin embargo, en la práctica, hay muchas razones que demuestran que el problema de la superpoblación es muy grave y sin fácil solución. 

Hagamos un breve repaso: el estadounidense Paul R. Ehrlich, biólogo especialista en la materia y autor del libro “La bomba poblacional” (1968), señala por caso que “Quizá el problema medioambiental más grave es el calentamiento del globo, causado en gran medida por el crecimiento demográfico y la superpoblación”.

Ehrlich agrega que, además, las consecuencias del calentamiento pueden constatarse en “la desertización de muchas regiones, en la creación de 300 millones de refugiados medioambientales, en la modificación de los patrones de enfermedad, en la escasez de las reservas de agua, en el estrés general de los ecosistemas naturales y en la interacción sinérgica de todos estos factores” (La explosión demográfica, Biblioteca Científica Salvat, 1993).

Por otra parte, el diario Clarín de Buenos Aires, publicó en junio de 2007 una nota titulada “La superpoblación urbana consolida la pobreza en el país (*Argentina)”. En ella se dice que “El 90% de los argentinos vive en una ciudad, fenómeno que, según los especialistas, promueve el crecimiento y la consolidación de la pobreza.
El dato surge del informe del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) que se difundió ayer en todo el mundo, y del cual Clarín dio un adelanto en su edición del viernes pasado.
Si bien el estudio determinó que un 50% de la población mundial vive en una ciudad, América del Sur es la zona del planeta en la cual el fenómeno se da más: 82%. Le siguen EE.UU. y Canadá (81%), Europa (72%), Oceanía (71%), Asia (41%) y África (39%). En América Latina, los índices más altos los tienen Venezuela (94%) y Uruguay (92%).
Es una segunda ola de urbanización mundial. La primera fue en países desarrollados; ahora, en ciudades de países en vías de desarrollo. En 1900, uno de cada diez habitantes era urbano; en 1950, tres de cada diez; hoy, uno de cada dos”, explica el estudio”.

Profundicemos: María del Carmen Feijoó, oficial de enlace del Fondo de Población dela ONUenla Argentina, expresa en el comentario de Clarín que ya es tiempo de no discutir el derecho de los pobres a vivir en las ciudades y abandonar el intento de desalentar la migración desde las zonas rurales e impedir el crecimiento urbano.

“Esta segunda ola es una tendencia mundial e irreversible”, dijo la especialista. “Si bien puede llamar la atención el deterioro en el que vive mucha gente, en las ciudades se tiene una sensación de ciudadanía que en el campo no. Además, en la ciudad hay un acceso directo a la salud, educación y seguridad, derechos que en el campo no se tienen”, agregó.
“En 1975 había sólo tres centros urbanos de más de diez millones de habitantes. En 2005 eran 20, entre ellos, Buenos Aires. Para América Latina este proceso fue muy rápido, y tiene como característica el crecimiento y consolidación de la pobreza”, explicó Feijoó. Y remarcó que UNFPA recomienda a los gobiernos luchar para “erradicar la pobreza extrema y el hambre y mejorar la calidad de vida de los pobres, porque las próximas batallas serán en los suburbios”.

Por un comprensible y beneficioso acrecentamiento del nivel de conciencia general sobre el derecho de los pobres a vivir en las ciudades, queda claro que es el aumento de la población el que provoca las tremendas condiciones de vida que se soportan en numerosos centros urbanos del mundo entero, jaqueados por la superpoblación desmedida y su correlato de desmejoramiento de la calidad de vida. 

En esta ecuación se da un problema básico: el 50 por ciento de la población mundial vive en áreas urbanas, pero las materias primas alimentarias se generan, en su enorme mayoría, fuera de las ciudades. En todas las ciudades de países ricos y pobres (especialmente en las grandes) conviven bolsones de pobreza al límite de la supervivencia. No obstante, la migración a las ciudades se produce y se seguirá produciendo debido a que las condiciones de vida en aldeas rurales no suelen ser mucho mejores que en las ciudades y, además, las posibilidades de mejoría son escasas, mientras que en los centros urbanos esas posibilidades aparentan ser mayores. 

En mi investigación descubrí que la población del continente africano se incrementa en 1.000.000 de personas cada tres semanas. Se planta un árbol por cada 29 que se cortan. África es un muestrario patético de desertización, contaminación y escasez de agua, expansión de enfermedades, destrucción de la vida salvaje…

Otro caso que ejemplifica la desigualdad que se registra entre los países del mundo, es el siguiente: los de mayor esperanza de vida media son Japón (80,0), Islandia (79,0), Canadá (79,0), Martinica (78,8), Suiza (78,6), Suecia (78,5). Los países con menor esperanza de vida son: Sierra Leona (37,2), Malawi (39,3), Uganda (39,6), Zambia (40,1), Ruanda (40,5), Burundi (42,4), Etiopía (43,3).

Entre Japón y Sierra Leona hay una diferencia de esperanza de vida de más de 42 años…

El profesor de las Universidades de Florencia en Italia y de Columbia en Nueva York, Giovanni Sartori (autor del libro “La tierra explota, Superpoblación y desarrollo”) asevera, al respecto,  que el alto crecimiento demográfico condena a un país a la pobreza y al subdesarrollo, por la sencilla razón de que sus tasas de crecimiento económico deben estar  destinadas en su totalidad a solventar esa cantidad de bocas que año tras año se suman al número total de pobladores.

Esta diferencia de riqueza y de poder adquisitivo ocasiona que Estados Unidos sea el país con mayor nivel de consumo del planeta. Estados Unidos posee el 5% de la población mundial, produce el 21% de los bienes y servicios, consume el 25% de la energía no renovable del planeta, gasta el 33% del papel y genera el 25% de la basura total.

Además el 20% de la población reside en los países ricos del Norte y gasta el 80% de todos los recursos del planeta. 

En la reseña periodística publicada por “Caminando on line”, el profesor de Economía, David Lam, deja en evidencia su intención de brindar una visión optimista sobre el drama demográfico que, cual si fuera una espada de Damocles, cierne su amenaza sobre el futuro de la humanidad.

Pero en su ánimo de no crear alarma deja de lado una serie de elementos notablemente delicados derivados del descomunal crecimiento de la población mundial,  que sumados y evaluados con objetividad convierten ala Tierraen un sitio de riesgo.

Un especialista como él tiene la obligación moral de alertar sobre esta situación. Creo honestamente que no se gana nada subestimando un tema que día a día nos muestra manifestaciones reales de su gravedad. Tampoco debemos olvidarnos que aún existen numerosísima cantidad de naciones que aún tienen muy altas tasas de natalidad, en donde las mujeres continúan teniendo hijos cual si vivieran en el “mejor de los mundos”. Puedo dar infinidad de ejemplos: Nigeria, Pakistán, Bangladesh, India, Malí, Egipto, Haití, etc.

Sería bueno y acertado, señor Lam, a mi humilde criterio, transmitir la idea de que los seres humanos debemos concientizarnos sobre la enorme posibilidad que existe de que esos nuevos niños arribados al planeta tendrán una vida durísima, en un planeta superpoblado. Y que limitar su llegada –por propia voluntad de sus progenitores- es el mejor remedio a una situación demográfica y poblacional que, según las estadísticas, será cada vez más explosiva. 

Continúa el clima convulsivo en Siria

Ricardo Osvaldo Rufino  mir1959@live.com.ar

Días atrás escribí una nota sobre las convulsiones que estaba produciendo una gran masa de población siria movilizada contra el régimen autoritario de Bassar al Asad. Un régimen que es laico, pero controlado por la minoría chiíta, y que es aliado de Irán y del partido chiíta libanés Hezbolláh y su milicia.

Y resulta interesante constatar como avanza este movimiento de protesta cada vez más extendido, que  ha desatado estos días una brutal represión gubernamental contra las decenas de miles de manifestantes que se han lanzado a las calles de Damasco y de otras ciudades del país asiático para reclamar libertad y democracia.

Precisamente opinaba en mi artículo que, a mi criterio, los sirios laicos decididos a tomar las calles de su país no se iban a contentar con la disminución del nivel represivo del actual gobierno, sino que lucharían a todo o nada: por libertad y democracia.
La novedad más reciente es que el viernes 8 de abril, tras el tradicional rezo en las mezquitas de toda Siria, miles de miembros de la oprimida comunidad mayoritaria sunnita se manifestaron para demandar reformas a Bassar al Asad, quien heredó en el año 2000 la presidencia, tras morir su padre, Hafez al Asad, que había llegado al poder en 1970 tras un golpe de Estado.
Como en la mayoría de los regímenes dictatoriales del mundo árabe que hoy día son escenario de revueltas masivas de la población, la familia Asad mantiene férreamente en sus manos el control de todo el poder en Siria. De ahí que los manifestantes del viernes desataran su odio contra ella encendiendo una hoguera ante una estatua de Hafez al Asad, lo que desató de inmediato la represión.
Agentes apostados en las inmediaciones dispararon con ametralladoras provocando decenas de muertos, mientras los incidentes y enfrentamientos entre manifestantes, fuerzas policiales y leales al régimen se extendían a otras regiones del país.

Los opositores gritaban y enarbolaban carteles contra la corrupción y nepotismo del régimen de Al Asad y contra sus principales aliados, Irán y Hezbolláh.
Más tarde,  cientos de personas incendiaron una comisaría y una sede del partido gobernante, el Baas –del mismo origen que el Baas iraquí de Saddam Hussein– en la localidad de Tafas, al término de los funerales por algunos de los manifestantes muertos el día anterior.

Por otra parte, el secretario de la ONU, Ban Ki-moon, habló ayer por teléfono con el presidente sirio y le subrayó que la violencia contra manifestantes pacíficos es “inaceptable”. En un comunicado emitido poco después,  al Assad dijo que el país avanza hacia “reformas integrales” mientras el ejército reforzaba el control en las ciudades donde se produjeron las manifestaciones
Los analistas de la zona evalúan que en Siria las protestas no seguirán el camino no cruento que tuvieron las de Túnez o Egipto, sino que podrían ser más similares a las de Libia. Y evalúan bien –a mi entender- porque la población de Siria se ha caracterizado históricamente por poseer un nivel de politización y concientización mayor que la población de Libia.

Seguramente esta novela se desarrollará por capítulos y habrá que estar muy atento para observar la evolución de los sucesos que acontecen en Siria.

¿Qué está pasando en Siria?

Ricardo Osvaldo Rufino  mir1959@live.com.ar

 

Siria es un estado clave en el complejo escenario geo-político de Medio Oriente.

Pese a esto, es notorio que resulta tremendo lo que estuvo y está pasando en esta nación asiática, en cuanto a falta de consideración por los derechos humanos de buena parte de su población.

Pero vayamos por parte: Siria obtuvo su independencia de Francia recién en 1946 (apenas dos años antes que su gran enemigo, el Estado de Israel).

En esta nación, una de las más controladas del mundo, el partido nacionalista árabe Baath gobierna desde 1963, cuando llegó al poder mediante un golpe de Estado.

Sucedieron hechos graves en este estado policíaco: por caso, en 1982, cuando gobernaba Hafez al-Assad –padre del actual mandatario- las fuerzas armadas mataron a miles de personas y destrozaron gran parte del “barrio antiguo” para acabar con una insurrección de los islamistas Hermanos Musulmanes.

Otro episodio sumamente comprometido es el siguiente: las crónicas periodísticas indican que en este momento el actual presidente que ya lleva 11 años en el poder, Bashar al-Assad, enfrenta duros reclamos para contener el dominante aparato de seguridad, liberar a los prisioneros políticos y REVELAR EL DESTINO DE MILES DE DISIDENTES QUE DESAPARECIERON EN LA DÉCADA DE 1980.

Siria es un país de 16.000.000 millones de habitantes, cuyo territorio de 185.000 km2. es en un cincuenta por ciento improductivo, porque el sector central y oriental de su geografía está ocupado por el denominado Desierto de Siria.

 Su economía es básicamente agrícola, pero posee gas natural y pozos de petróleo, refina petróleo (en la ciudad de Homs) y exporta petróleo.

La elite siria está dominada por miembros de la minoría alauí, una rama del Islam chiita a la que pertenecen los al-Assad, un hecho que causa remordimiento entre los sunnitas, que conforman el 75% de la población. 

El descontento en Siria comenzó después de que la policía detuvo a más de una decena de estudiantes por el simple hecho de pintar un graffiti inspirado en las protestas a favor de la democracia en el mundo árabe.

Durante las manifestaciones se escuchaba el grito: “¡El pueblo quiere la caída del régimen!”. Este tipo de manifestaciones habrían sido impensables hace apenas un par de meses, dado el sistema férreo de control que durante décadas y décadas caracterizó a este país.

Las últimas informaciones refieren que en un intento por aplacar la grave crisis, el presidente desplegó ayer tropas del ejército por primera vez en casi dos semanas de protestas, luego de la muerte de 12 personas en Latakia, una población portuaria ubicada en el noroeste del país.

Se esperaba anoche que al-Assad, de 45 años, se dirigiera a la nación por primera vez desde que comenzaron las protestas que tienen en vilo a Siria y que tuvieron su epicentro en la ciudad de Deraa, donde la oposición denunció la muerte de centenares de manifestantes contrarios al régimen.

El régimen sirio también levantó hace dos semanas el estado de emergencia vigente desde 1963, como había prometido la semana pasada al-Assad, una de las principales demandas de los opositores. La anulación de la controvertida ley es un hecho clave porque la misma ha sido uno de los pilares represores del régimen y responsable de muchos casos de arrestos arbitrarios.

En conclusión, parece que las cartas están echadas en Siria: el régimen autoritario y dictatorial está siendo presionado para que comience a desmontar su aparato represivo. Esa estructura responsable de tantos asesinatos y desapariciones forzadas de personas. Esa organización violenta que es un auténtico y lamentable estigma para un país que proclama a los principios religiosos como guías de su accionar.

Es muy interesante observar los movimientos y las conductas sociales. Y siempre es más conducente ubicarse en el papel de observador y no arriesgar opinión. De todos modos, yo no creo que la población de este país se conforme con esto, seguramente irá por más, irá por todo, irá por democracia y libertad. 

La lucidez de José Saramago

Ricardo Osvaldo Rufino  mir1959@live.com.ar

José Saramago nació en Portugal en 1922 y ganó el Premio Nobel de Literatura en 1998. El 6 de diciembre de ese mismo año concedió un reportaje exclusivo al diario Clarín de Buenos Aires, donde expresó pensamientos realmente interesantes y dignos de ser recordados. Algunos de ellos son los siguientes: 

“Siempre me están diciendo que soy un pesimista. Pero ¿hay algún motivo para ser optimista? Yo no lo encuentro. Los optimistas están todos muy contentos, aunque creo que son falsos optimistas. Si la vida les va bien, no pasan a una reflexión más allá del interés personal, de esa pequeña isla que es su vida en el mar inmenso del mundo. Eso no lo plantean nunca. Yo no puedo creer en una vida mejor que la que tengo. Estoy casado con una mujer extraordinaria. Y si antes tenía algún problema económico, que no lo tenía, ahora con el Nobel…Por lo tanto, desde el punto de vista personal, tengo todos los motivos para estar contento. Pero no optimista. ¿Qué significa mirar las cosas desde un punto de vista positivo? Hay que mirar lo que está fuera, no lo que está dentro de nosotros: la familia, el trabajo y todo eso. Cuando mirás un mundo como este en que vivimos, en el que unas 200 personas tienen la riqueza de más del 40% de la humanidad. ¿Se puede ser optimista en un mundo como este? No creo que se pueda. Claro que se podría decir: “Si yo estoy lo más bien, ¿para qué quiero preocuparme del estado en que se encuentra el mundo? Pues, no. Lo siento. Me preocupo.

No tiene ningún sentido que envíes a Marte un aparatito para saber cómo son sus rocas mientras mueren de hambre millones de personas en África. No lo tiene hacer una autopista entre dos ciudades para que llegues 15 minutos antes, cuando hay pueblos perdidos que no tienen nada. Hay riqueza en el mundo. ¿Cómo se distribuye eso? ¿Cómo es que unos pueden tenerlo todo y tan fácil y a otros no les llega nada o casi nada?

Nosotros, una minoría, hemos alcanzado desarrollo tecnológico, científico, todo, y hay una mayoría inmensa que se quedó atrás. Y yo me digo `Ya tenemos desarrollo suficiente. Vamos a interrumpir por 50 años y usemos nuestra capacidad para acercar a todo ese mundo que se quedó atrás, lo más que se pueda al punto donde estamos nosotros”.

Por otra parte, ¿tú crees que los gobiernos que tú eliges o que yo elijo mandan algo? No mandan nada. Claro que hay elecciones, partidos, Parlamentos, mayoría, coaliciones y todo eso. El gobierno. ¿Y el poder dónde está? Arriba.

Bill Gates, IBM, Mitsubishi, General Motors, todo eso. La banca mundial. Son ellos quienes mandan. Y los gobiernos están ahí para cumplir. Entonces hay un debate indispensable, urgente, necesario y todo lo que quieran sobre la verdadera democracia que nos merecemos.

¿Sabía usted que la fortuna de Bill Gates supera el producto bruto interno de varios países centroafricanos? ¿Hay alguna razón superior que determine que para unos sea tan fácil y para otros sea tan, pero tan complicado? No la hay”.

Un cambio muy profundo

Ricardo Osvaldo Rufino mir1959@live.com.ar

 

Marcelo Cantelmi, corresponsal del diario Clarín, de Buenos Aires, se encuentra desde hace varios días cubriendo en exclusividad los sangrientos sucesos que se producen en Libia. El día sábado 26 de marzo el periódico le publicó un artículo realmente analítico y pleno de conceptos originales, muy valioso por provenir de alguien que está observando los episodios en el terreno mismo de las acciones.

El periodista del medio argentino afirma de modo contundente que las rebeliones que se están dando en el mundo árabe se deben a que enormes masas de población laicas están reclamando democracia, instituciones y libertad, convencidos que estos “no son atributos solamente occidentales, sino que son valores humanos”.

Cantelmi nos dice que las motivaciones de numerosos habitantes de Egipto, Túnez, Yemen, Libia, etc., que han decidido enfrentar a las autoridades de sus países,  ya no se explican por una concepción religiosa excesivamente ortodoxa o fundamentalista. Ya no es posible continuar echándole la culpa de las eclosiones populares al islamismo o al terrorismo. Ahora, las reivindicaciones son netamente políticas.

Cantelmi señala que Libia es “un país corrompido hasta sus cimientos y donde no hubo nunca partidos políticos o instituciones de ningún tipo”. Sin embargo, los libios parecen haberse hartado de estas circunstancias y están decididos a cambiarlas de raíz.

Esta situación configura un escenario verdaderamente nuevo, original. 

Al respecto, uno debería interrogarse lo siguiente: ¿Qué actitud están adoptando las potencias occidentales ante esta realidad que rompe el molde de lo que estábamos acostumbrados a observar en esta parte del mundo musulmán, caracterizada desde siempre por un escaso apego a los valores democráticos e institucionales?

La respuesta es la siguiente: Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia y Estados Unidos, fundamentalmente se encuentran preocupados por la provisión de petróleo y energía. Pese a que se autotitulan –y se autotitularon desde siempre- defensores a ultranza del sistema democrático, en esta caso reaccionaron tratando de preservar la provisión de esa “savia” que es vital para el funcionamiento y la lozanía de sus economías.

Esta preocupación resulta fácil de comprender: según las estimaciones de la British Petroleum (BP), entre 1970 y 2010 el consumo de energía primaria en el mundo se duplicó y Japón es el país que consume más energía en relación al PBI. Y por otra parte, las proyecciones de BP para los próximos 20 años dan cuenta de una nueva duplicación del consumo en un período más corto que la duplicación anterior.

Por caso, Cantelmi relata que luego de muchos años de acuerdos en infinidad de asuntos de diversa índole, Francia y Alemania se enfrentaron duramente por el caso Libia: en un primer momento los galos se mostraron proclives a expulsar como fuese a Muammar Kadafi, y si era necesario eliminarlo físicamente. Los germanos, más pragmáticos, pretenden vigilar otros intereses más específicos debido a la voracidad de energía que tienen, por ser carentes de fuentes propias e incluso de materias primas.

Conviene recordar que Libia produce sólo el 2% del petróleo mundial, y la mitad de lo que bombea va a Italia, Alemania y Francia, en ese orden. 

Es por estas razones que Estados Unidos y sus aliados europeos han venido apostando que los regímenes autoritarios árabes puedan derrotar, en principio, estás revoluciones o, en su defecto, intentar luego controlar y atenuar sus efectos.

A ver, pongámonos en situación: los líderes de las grandes potencias occidentales (Obama, Sarkozy, Angela Merkel, Berlusconi, Cameron, etc.) seguramente se enfrentan a un brete de difícil y complicada resolución: el contexto es particularmente novedoso porque no es que sus colegas del mundo árabe comenzaron a negarse a proveer las cuotas acostumbradas de ese oro negro que es la esencia de los aparatos productivos de sus países. No. No es éste un problema de mala voluntad. Es un problema de otro tenor, inesperado, sorpresivo. Millones de pobladores árabes, de pronto, reivindican esos valores que han sido históricamente típicamente occidentales. Quieren democracia, quieren partidos políticos, quieren votar y elegir libremente a los dirigentes que los conducirán en el futuro próximo, pese a que indudablemente no poseen tradición ni cultura democrática. Se muestran hartos de que con la excusa de preservar la doctrina sagrada del Corán, dictadores inescrupulosos los tienen sojuzgados desde hace décadas, con el pueril pretexto –en varios casos, no en todos, vale la aclaración- de ser los guardianes de los preceptos más puros del credo legado por Mahoma.

¿Es esto malo? No de ninguna manera. Yo creo que es un avance indiscutible para la salud de la comunidad internacional, pero como todo cambio profundo hasta materializarse producirá rebeliones, rispidices, incertidumbres, enfrentamientos.

Creo también que las naciones que poseen un extensísimo recorrido democrático, que tienen experiencia en estas lides consistentes en vivir en sociedades en las que se respetan a rajatabla los derechos cívicos deberían aportar su enorme “grano de arena” apoyando estos cambios tan profundos. Y no pensar y actuar únicamente en términos de conveniencia económica.